Cada día creamos cuentas, aceptamos servicios, compartimos información y almacenamos datos en Internet.
También cerramos cuentas, borramos archivos o dejamos de utilizar plataformas.
Pero pocas veces nos hacemos una pregunta muy sencilla:
¿qué ocurre realmente con nuestros datos cuando los borramos?
Internet no tiene una gran papelera donde vaya a parar toda la información eliminada.
Nuestros datos pueden estar repartidos entre diferentes sistemas:
bases de datos, servidores, copias de seguridad, registros técnicos o servicios utilizados por una empresa.
Por eso, pulsar un botón que dice “Eliminar cuenta” no siempre significa que cada copia de un dato desaparezca en ese mismo instante.
Es importante distinguir entre varias situaciones.
Una cosa es que un dato deje de aparecer en una página o aplicación;
otra es eliminar una cuenta;
otra, eliminar los datos personales asociados a ella;
y otra diferente es anonimizarlos para que ya no puedan relacionarse razonablemente con una persona.
También pueden existir copias de seguridad que se conserven durante un tiempo,
datos que deban mantenerse temporalmente por determinadas obligaciones
o información que ya haya sido copiada por otras personas o servicios.
Con el tiempo, muchas de esas copias se eliminan o sustituyen,
pero no siempre es posible garantizar que cualquier información que alguna vez salió de nuestro control desaparezca de todos los lugares donde pudo ser reproducida.
De ahí surge una especie de basura digital:
cuentas abandonadas, archivos duplicados, correos antiguos,
copias de seguridad, registros técnicos y enormes cantidades de información
que se van acumulando en sistemas y dispositivos.
Parte termina desapareciendo y otra parte puede permanecer durante años.
Por eso tampoco es completamente exacta la conocida frase
“todo lo que subes a Internet queda para siempre”.
Internet puede conservar y copiar información con enorme facilidad,
pero también desaparecen páginas, servicios, empresas y archivos.
El verdadero problema es otro:
una vez que un dato sale de nuestro control, ya no podemos garantizar que desaparezcan todas sus copias.
La conciencia digital, por tanto, no empieza solamente cuando queremos borrar nuestros datos.
Empieza antes, cuando decidimos qué información entregamos,
a quién se la damos y si realmente es necesario compartirla.
Antes de escribir una dirección, un teléfono, una fotografía o cualquier otro dato personal,
puede ser útil hacerse una pregunta:
¿necesita realmente este servicio conocer este dato?
Comprender qué ocurre con nuestra información también forma parte de aprender a utilizar la tecnología
de manera más consciente, segura y responsable.